domingo, 19 de agosto de 2012

Zuloaga, galgos impresionistas.

El pintor Ignacio Zuloaga siente su vocación artística en plena juventud, en España y a fines del siglo XIX, es decir, en un país de gran tradición histórica y artística, pero en el que culmina en aquellos momentos un proceso de disolución cuyas causas fueron discutidas pero cuyos efectos a todos alcanzaban. España había intentado adaptarse, a lo largo de un siglo, a un nuevo concepto de la vida, a la civilización engendrada por la Revolución francesa y sus consecuencias, la que ha dado nacimiento a lo que llamamos el espíritu burgués del siglo XIX.

El impresionismo era ignorado; la revolución que unos cuantos pintores habían realizado en París, también contra la corriente oficial, a favor de un realismo nuevo de la luz, no había llegado a España. Los jóvenes dotados y capaces de experimentar esa segura e imperativa llamada del espíritu de su época, tenían que sentir como irrespirable y caduco el ambiente de la pintura del último tercio del siglo. En Ignacio Zuloaga se daban, además, circunstancias que favorecieron desde el principio su incorporación a los nuevos horizontes. Su padre y su abuelo, artistas distinguidos, habían salido en repetidas ocasiones a buscar fuera de España un estímulo de renovación de sus técnicas. Los caminos de Europa eran habituales para la familia Zuloaga, y nunca puede ponderarse con exceso lo que en este aspecto pesa, sobre un joven ansioso de novedades, esa tradición familiar.  No es fácil remontar los prejuicios y los errores; por ello, Zuloaga fue también a Roma, aunque durante pocos meses, a pintar escenas de trabajo y obreros barbudos que parecen escapados de las páginas de Pierre-Joseph Proudhon ( 1808- 1865 filósofo político y revolucionario francés).

Cuatro mujeres junto al mar - Zuloaga 1870-1945

Mi tio y mis primas - Zuloaga  1870 -1945

Cuando Zuloaga comienza a embadurnar de gris sus primeros cuadros, desorientado e inseguro, a España no ha llegado el menor eco del impresionismo. Nuestra pintura, sin estímulos de fuera, podría haberse estancado en la estéril repetición de las fórmulas consagradas por los medallados en las exposiciones oficiales. De entonces acá, España no solamente ha aportado al arte del mundo unas cuantas figuras del primer orden, sino que su movimiento pictórico, considerado en total, ha de estimarse justamente; primero fue la introducción de la luz, con Sorolla, Beruete o Regoyos; después, la generación cuyos nombres internacionales fueron, sin disputa, Zuloaga, Anglada o Sert, nombres a los que podemos unir los de otros maestros que trabajaron dentro de nuestras fronteras; todavía después, y hasta hoy, las más detonantes corrientes de las vanguardias pictóricas han llevado también nombres españoles.
La gran hazaña de Zuloaga fue vivir en ese centro de Europa, que fue París, con una perfecta acomodación externa respecto de la sociedad y la vida de la gran urbe cosmopolita, y , a pesar de ello, elaborarse un arte, voluntariamente sordo y ciego a las seductoras tentaciones de lo cotidiano, para pintar esas fabulosas y remotas realidades auténticas que él buscaba en los paisajes españoles en los pueblos castellanos o en su Segovia amada, en los meses de trabajo en que allí pintaba, rodeado de piedras románicas. El arte de Zuloaga estuvo siempre en el polo apuesto al impresionismo.
Lo que atrae a Zuloaga son las realidades de la vida intemporal española, las que producían en el pintor esa emoción, palabra que subraya siempre en sus escasas declaraciones estéticas, emoción en la que se engendran sus cuadros. Ésta es, en síntesis, la gran conquista de Zuloaga.
El verdadero milagro de Zuloaga fue conservar, en medio de este ambiente que hubiera desvanecido a otros más débiles y de modos templados y, a través de sus viajes, de sus contactos con la muelle y dulce vida francesa y en el ambiente cosmopolita de sus amigos intelectuales, esa enteriza españolidad, esa lealtad a sí mismo, esa seguridad en su arte y en su camino que nos asombra hoy, como algo fabuloso, cuando contemplamos el proceso de su vida y de su obra.
Vivir sobre realidades, ésta es, en cierto modo, la exigencia de Zuloaga. La realidad para el pintor no es la vida confortable, la moral laxa y disolvente, ni la riqueza, la economía o la ciencia, la realidad está en percibir de la vida ese sentido trágico, austero, grandioso y sereno al mismo tiempo, que los españoles expresaron, y que en cierto modo, un modo a veces enfático, decorativo y estilizado, profesan también los personajes de Zuloaga. Toreros, labriegos o meretrices, representados con su abreviada síntesis ampulosa, parecen advertirnos del deber de sentir nuestra existencia, como la suya, trágica o grotesca, asentada sobre el latido auténtico de la tremenda aventura misteriosa que es la vida toda, y sentir su drama azaroso sin el acolchado artificial de los convencionalismos civilizados y sin concesiones a la renuncia del afeminamiento.
El arte de Zuloaga está lleno de lo que llamaría Maragoni contenuto. Zuloaga es, por el momento, uno de los últimos pintores que no han querido abdicar de lo que el arte puede y debe tener de humano, y acaso en ello estribe dentro de algún tiempo, de siglos quizá, su máximo valor, su crédito posible de eternidad.
Sobre la pintura del maestro volcó su prosa, y aun a veces sus versos, una turba de plumíferos de todo el mundo. Sus argumentos fueron siempre lo de menos, y los menos válidos, los que aludían a una visión de España, generalmente mal comprendida. Lo que valía era su asombro, su sentido reverencial, como diría Maeztu, de esa fuerza erecta, recriminadora, que se abría paso en esta pintura; de esa energía tensa encarada con un mundo desorientado y reblandecido, energía que se asomaba a los ojos de las figuras del maestro y que parecía acusar a un cosmopolitismo hecho de todas las renuncias. Sus cuadros, han logrado sobre la superficie del lienzo,  encarnar una existencia propia, una vida y una expresión enérgica, tensa y acerada, casi siempre inolvidable.
La calle de las pasiones - Zuloaga
Zuloaga gusta de presentar la figura sobre fondos planos, carácter muy frecuente en el arte español desde lo primitivos. Zuloaga se complace en el dibujo, reconstitución suficiente de la forma, como delimitación de una figura, de un fragmento de ella o de otro motivo pictórico cualquiera. Este dibujo, como línea, es para el artista el sustentáculo de la pintura, que exhibe sus masas espesas y peinadas por el pincel, quizá para hacernos olvidar la solidez lineal de que esta construcción ha partido. También el dibujo tiene en Zuloaga un valor como arabesco y en ello es donde puede observarse un resabio modernista o una influencia de la estética de Gauguin, es decir, de su japonismo.
Vispera de corrida - Zuloaga 1898
Zuloaga tenia una afinidad no propiamente pictórica, sino temperamental, nacional, vocacional. Señalemos, en primer término, su interés por la figura humana, sentida, como todo, en sus notas individuales, en aquello que diferencia a un semejante de otro, en lo que constituye su radical peculiaridad, su autónomo valor anímico. Lo que se podría llamar, con palabras del propio Zuloaga  ”la complacencia en el carácter” es principalmente esta atracción por el ser humano, sentido como individuo y no como cuerpo.  Es la acentuación de los caracteres psicológicos expresivos, que llega a veces en Zuloaga hasta lo caricatural monstruoso.
La energía rotunda, vivaz, de lo personal, en Zuloaga, la carga de tensión con que se manifiesta, es algo que sorprende e impresiona. En esta fuerza singular está uno de los valores más fuertes de la pintura de Zuloaga. El espacio al que sus figuras están referidas es, muy contrariamente que en el Greco, el espacio ante el cuadro. Recordemos el reproche que a Zuloaga se le hizo hartas veces de que sus figuras no tenían aire para respirar, a lo que el pintor contestó siempre con desplantes que indicaban su desdén absoluto por conseguir atmósfera. Este desdén por el efecto impresionista quiere decir que el pintor no acepta la disolución de las formas, su estar y su mirar; son evidencias inequívocas las que dominan al espectador aun a su pesar y creo que ésto fue lo que impuso, como un extraño milagro, en el momento parisiense de sus primeros triunfos.
La Duquesa de Alba posee un cuadro ecuestre con galgo de Zuloaga
Zuloaga, dibujante voluntarioso y apretado, insensible a la luz, reconcentrado y cerebral,  nunca hubiera sido un secuaz, porque tenía demasiada personalidad para aceptar un segundo puesto pero, sobre todo, porque sus dones y sus inclinaciones le llevaban a una pintura de signo enteramente distinto. Su personalidad, fortísima, partía de una actitud ante el mundo totalmente opuesta. Sus dotes eran muy otras; él buscará en sus motivos fragmentos del mundo para elaborarlos y acaso, a veces, magnificarlos en un proceso cerebral en el que la inteligencia conduce la mano mucho más que las vivaces impresiones visuales captadas con instantaneidad telegráfica. Las obras de Zuloaga abordan, sobre todo, una cierta interpretación del mundo, esa interpretación lo es precisamente por no basarse en un registro casi mecánico de la impresión. Ese sentido del mundo supone lo contrario de una trascripción rápida y espontánea de la sensación; es un proceso mental guiado por una cierta emoción, por una selección de los fragmentos que hallamos interesantes en la realidad, selección presidida por la personalidad del artista, por sus preferencias mentales, por su inteligentita, en suma.
Billete de 500 pts, donde se reprenta la efigie de Zuloaga
Texto extraido de loszuloaga.com

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